

Algunas películas me pegan más que otras.
Muchas me generan deseos, deseos de vivir una gran aventura, deseos románticos, deseo de ser talentosa en diversas artes, deseos culinarios, etc.
"La vida iluminada" me generó un gran deseo museístico.
En una escena los protagonistas entran a la casa de una mujer, y descubren que guarda en ella cientos de cajas y cajitas con cosas. Se trata de recuerdos de un pueblo. Cada cajita está cuidadosamente etiquetada, hasta hay una que dice "polvo".
Al ver esa pared de cajitas (porque estaban todas perfectamenta apiladas y encajadas cual tetris para caber en la pared de la casa) sentí un deseo muy muy fuerte de ver qué había dentro de cada una, de clasificar sus contenidos y sus envases, de investigar sobre ellos, de hacer un inventario, de generar un guión y armar una muestra sobre ese pueblo-en-cajita.
La peli generó una charla por mail con mi querida amiga Adriana Holstein:
Adriana: ... Ayer vi la vida iluminada. Es muy parecido a lo que nos paso con los Pilanski de Polonia, hoy Pilson en EEUU... Me emocioné mucho, me gustó y pensé si no hay otro estilo del ser coleccionista que no sea el del obsesivo....
Dina: Creo que el estilo de coleccionista no obsesivo es el estilo sano. (...) Yo toda la película pensaba por qué el muchacho no estaba sacando fotos de todo lo que veía. Y creo que para nosotros las cámaras digitales son como las bolsitas ziplock que el lleva en la riñonera. Tenemos tanto miedo de olvidarnos que registramos todo en la digital, incluso haciéndonos disfrutar menos de nuestras experiencias porque estamos más ocupados en fotografiarlas que en vivirlas.
No les voy a dar explicaciones para que entiendan esta charla en el ciberespacio. Simplemente les voy a recomendar que vayan a ver la película, con la advertencia de que se trata de un film un tanto contemplativo. Pochocleros abstenerse.
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